sábado, 1 de diciembre de 2007

La vuelta a casa








1 de Diciembre de 2007.

Llueve, todo es gris, son las ocho y media pasadas y los ojos aun tienen la boria del despertar. A escasas horas de coger mi vuelo de regreso tengo que hacer el último esfuerzo, he de escribir las últimas letras porque sé que cuando llegue nada será igual y seré incapaz de transmitir con palabras el último pedacito de esta estancia.
Es curioso no terminar de sentir nada, nada que realmente sea calificable por un adjetivo, ingles o español, es todo un reto conseguir reunir las palabras que os hagan medio entender la esencia de esta experiencia, sobre todo porque el último mes y medio apenas he podido pararme a escribir que estaba pasando y que sentía mientras pasaba. Pero aunque no lo he escrito, os diré que he intentado sentirlo y analizarlo, radiografiarlo para que hasta la más ínfima de las fisuras que forman esta huella tengan un sentido.
De este modo he comprobado como mi carácter se oscurece cuando no tiene tiempo para sonreír...
...como la convivencia con las personas puede requerir tanta energía para intentar mantenerla, como es la paciencia el mejor de los regalos que te puede dar un amigo..


















...como se pueden sacar fuerzas cuando crees que no te quedan más, llegando a dar otro paso más y darlo bien, como es la esperanza de volver a compartir las cosas que te gustan con la gente que quieres la que sirve de motor cuando todo es oscuro y frío y solo el graznido de los cuervos y la máquina del agua milliQ acompasan tu trabajo...

















...como siempre es importante guardarse un pedacito de tiempo, sagrado e intocable, para no caer en el tenebroso agujero de la dedicación exclusiva…
He sido conciente cuando he estado haciendo las cosas mal y me ha valido para intentar compensarlas cuando he considerado que debía hacerlo, también he sido consciente de cuando he hecho las cosas bien y he sabido saborearlas despacito, como la comida, como el café caliente, como el chocolate negro.
He podido ver como hasta la más gélida e impenetrable pared de hielo es capaz de derretirse si le das un poco de calor, dulces y tiempo para que lo haga a su ritmo.He visto y sentido muchas cosas y lo importante es que he sido consciente de ello, de principio a fin, para bien o para mal, con más alegría o con más tristeza…eso es todo mis queridos amig@s simplemente buscando a Linneo me encontré a mi misma viviendo cada instante, cada decisión, cada paso siendo simplemente yo.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Retomando el camino



















10 de Noviembre de 2007








Es duro retomar esta tarea después de tanto tiempo y de tantas cosas vividas, sumando el cansancio y el remolino de sentimientos que agita mi alma, pero echaba de menos este momento de intimidad, de sinceridad y de aprendizaje, añoraba escribir.
Muchas cosas han pasado y muy pocas al mismo tiempo, desde que os relaté mi última aventura en Copenhague. Lo cierto es que se me hace duro echar la vista atrás e intentar hacer un relato exhaustivo de cada uno de esos pequeños momentos que he podido disfrutar en Suecia. Este último mes ha sido principalmente dedicado al trabajo, de una manera intensa y exclusiva, hasta exprimir los últimos resquicios de mi energía.
Y ahora, entre tanto trabajo, consigo empezar y se hace tremendamente difícil saber que contar y como hacerlo, desearía haber podido grabar mis pensamientos conforme han ido surgiendo, bajando por las tardes al gimnasio, volviendo a casa por la noche, cerrando los ojos en la clase de spinning, pero todas esas sensaciones que se han ido grabando en mi alma como los anillos de los árboles, solo yo puedo recuperarlas y entenderlas y es complejo traducirlo a vocales y consonantes de una forma inteligible.
El otoño se me ha escapado entre los fríos dedos, una mañana de viento borró el color de este cuadro impresionista y dejó desnudos a los árboles durmientes que habían alcanzado la gloria por un instante, desplegando un maravilloso abanico de color, olor y sensaciones.




Es difícil explicar que se siente cuando percibes el hielo pero estás viendo el fuego, es totalmente contradictorio y por ello se convierte en mágico, hechizando los sentidos y los sentimientos. Pero como toda magia, es imposible de retratar mediante una fotografía, lo he intentado desde todos los ángulos y ha todas las horas que he podido, pero ninguna fotografía puede transmitir esa sensación, porque es contraste entre la calidez que entra por tus ojos entre dorados, rojos y naranjas y el frío que sientes en el resto de tu cuerpo. Es la paradoja de que algo tan bello lo sea porque se está preparando para morir unos meses, es el sentido, es la esencia de este mundo en el que vivimos.










De este modo, sublime pero efímero, ha pasado este otoño que esperaba con tanta ansia, mirando triste el espectáculo desde la ventana del laboratorio, lamentando no tener la cámara en la mano y ni un segundo para pulsar el botón en todos los trayectos que hacía en mi querida e inseparable bicicleta, teniendo que volcar mis fuerzas en extraer el máximo jugo a cada instante, sacando la esencia a esta aventura.
Es curioso como se ha ido transformando todo, conforme los árboles han ido apagando su verde, conforme el termómetro ha ido acercándose a cero, conforme este otoño ha ido madurando, recuerdos y anhelos han ido invadiendo mi corazón, desde la rutina más cotidiana a los detalles de vivencias inesperadas, poco a poco han ido ocupando cada vez más y más espacio en mi mente, y a cada instante me he ido sorprendiendo pensando en mi desayuno del fin de semana con mi café con leche de soja y mi mollete con mantequilla, en aquellos sábados que iba con mi madre a comprar algo especial al centro para la cervecita de antes de comer, en las rutas de los domingos del cálido invierno Ilicitano en el que el olor de las paellas de las casas de campo despierta nuestros sentidos y nos hace pedalear más rápido en busca de una humilde paellita con verduras, en mis sufridas subidas a la garganta de Crevillente con mi “flaca”, en las rutas descubiertas en cabo de gata, en nuestras últimas proezas en Pirineos, en ir al super a por cerveza, en mi querida y añorada Alpujarra y toda su gente, en las visitas a Pascual y Mª Sol, en los almuerzas a las 11, en las conversaciones con mi padre al ir a buscar a mi madre, en mil y un detalles de mi vida, muchos de los cuales no pensé que surgirían en estas circunstancias, y sin embargo así es, cuando uno está solo en un lugar muy lejano al de la gente que quiere, cualquier cosa sirve de detonante para que un recuerdo se encuentre el camino de salida hasta la conciencia y se haga perceptible dejando a su paso un amargo dulzor que algunos llaman nostalgia

sábado, 20 de octubre de 2007


30 de Septiembre de 2007:
Día gris, más para María que para mi, porque Paul vuelve a España y volveremos a quedar solo ella y yo, en este mundo de locos que se hacen los Suecos... Pero no todo es malo, tras la partida de Paul debemos coger un tren a Copenhague, hemos quedado allí con los amigos de María que llegaron a principio de semana. Son gente maja, el jueves cenamos en el centro y ayer en casa, y lo cierto es que me encuentro muy a gusto entre ellos…veremos si tras este fin de semana sigo pensando igual. Siempre asusta un poco irte con un grupo de amigos de toda la vida, siendo tu el único extraño, pero yo creo que saldrá bien, simplemente uno debe saber a lo que va y no pedirle peras al olmo.




Cuando despedimos a Paul en la estación cogemos el tren sin ninguna gana, ni María ni yo tenemos cuerpo de viaje, de fiesta o algo por el estilo, pero hay que hacer un esfuerzo. El viaje es rápido y pronto estamos en otra ciudad, en otro país. La estación es un tanto caótica, hay mucha gente de todo tipo y mi “chip” de desconfianza se activa, sobre todo cuando hacemos cola para cambiar algunas coronas Suecas por coronas Danesas…yo no sé para que queremos el Euro!!!





Baño de la estación de Copenhague. No lo podía creer...

















Salimos en busca del albergue con las indicaciones que los amigos gallegos nos han dado. Pronto ese gris plomizo me hiela el ánimo, será el día, será la lluvia, seré yo o será la ciudad…no podría decirlo, pero esa fue mi primera impresión de Copenhague. Tras unos minutos de incertidumbre encontramos nuestro albergue, un rascacielos inmenso al lado de un puente, al entrar nuestra sorpresa sigue creciendo, es todo nuevo y más parece un hotel que un albergue. Cansadas nos sentamos en el hall y esperamos a que llegue la pandilla. Al llegar nos organizamos y subimos a la habitación, una habitación de 8 plazas, asusta un poco la idea, pero curiosamente la sorpresa sigue siendo grata.

Tras un café decidimos ir a visitar el barrio de Cristiania, famoso por ser bohemio y porque hay “culturilla de porros”. Tras despistarnos varias manzanas, cojo el mapa y el mando de la expedición y pongo rumbo a ese bohemio lugar, pero entre la oscuridad que nos rodea solo veo yates en los canales y pisos nuevo y preciosos. Empiezo a pensar que tenía equivocado el concepto de bohemio… comienza a hacerse tarde así que buscamos un lugar para cenar…otro italiano para variar.















Tras un magnifico plato de pasta fresca y 75dL de buena cerveza, encaminamos nuestros pasos en busca de la marcha nocturna de Copenhague.
























Mucha gente en las calles pero siempre en dirección contraria a la nuestra…al final terminamos en un típico Pub ingles con fútbol en la tele y un montón de gente bebiendo cerveza.













Pronto el agotamiento hace su aparición y me retiro con los más tempraneros hasta el albergue, mañana debemos visitar varios lugares y necesito dormir, pero me acuesto con un buen sabor de boca, sentirse entre amigos con gente que acabas de conocer es más de lo que podía esperar de este viaje.



























1 de Octubre de 2007
Cambiamos de mes, parece mentira pero ya llevamos un mes en estas tierras. Me asusta la idea de que todo empiece a ralentizarse y que lo que me queda por delante transcurra lentamente.
Me levanto la primera con ganas de una ducha rápida y un buen desayuno, pero cuando se trata de 8 la palabra rápido no existe. Debemos ducharnos todos y recoger la habitación en una hora. A las 9 debe estar todo el mundo fuera, no solo nosotros, sino todo el albergue. El caos se desata pronto y tras esperar 10 minutos para coger el ascensor, decidimos bajar andando las 8 plantas que nos separan de recepción. Al llegar abajo no doy crédito a lo que veo, el acogedor hall que nos sorprendió el día anterior estaba invadido por mochilas y gente tirada por todos lados, apenas encontramos hueco para dejar las mochilas en el suelo e ir a preguntar por el desayuno, que más que por hambre fue por necesidad de espacio.
Cada desayuno cuesta un ojo de la cara así que decidimos organizarnos, los 4 primeros en bajar desayunamos y tras comprobar la falta de control, pasamos nuestras bandejas a los 4 restantes y nos ahorramos la mitad. Yo hago un desayuno copioso ya que no nos quedan coronas danesas y sé que no probaré bocado hasta las 3 o las 4 de la tarde.
Al salir cargados como burras, decidimos dejar las mochilas en la consigna de la estación de tren y liberar nuestras espaldas para nuestra ruta turística de la mañana.
































































































































Dado el éxito de la noche anterior, el grupo decide entregarme el timos del barco y me entregan el mapa para que los conduzca a la famosa sirenita, así vamos calle a calle, palacio a palacio, canal a canal, recorriendo esta ciudad gris.Pero, aunque mis ojos reconocen la belleza y monumentalidad de la ciudad, las imágenes pasan ante ellos sin calarme dentro...quizá si estuviera aqui mi niño...



























Lo cierto es que hay lugares que sin ser extraordinariamente bellos o importantes, consiguen echar el ancla en tu corazón, se filtran poco a poco y hacen que desees volver, pero curiosamente una vez que he estado en Copenhague, aun sabiendo que no he visto ni una mínima parte de la ciudad, siento que no ha surgido ningín vínculo especial para volver.


Al cabo de todo un día caminando, del desengaño de la sirenita y de un tiempo bastante penoso, encontré algo que alegrará mi recuerdo cuando piense en este viaje, sí. En la estación de Copenhague encontré “el hobbit” en ingles, al fin un libro esperado para leer.
Al regresar a Lund comimos un exquisito plato de pollo con setas y regresamos a casa tras tomarnos el café. La semana acababa para dar paso a una nueva, todo el mes de octubre por delante y mil cosas por hacer aun. Una sensación extraña me decía que iba a ser duro.

jueves, 4 de octubre de 2007

Trollskogen


23 de Septiembre de 2007.

Hoy será un día especial, por lo pronto parece que hará sol. El Naturbussen (el bus que nos llevará a nuestro objetivo) sale a las 9, así que preparamos rápido un poco de fruta, cámara de fotos y algo de abrigo y nos bajamos en bici al centro hasta la parada. Es una mañana fría pero limpia, creo que tendremos suerte.
Al montarnos en el bus, una especie de guía-intérprete o monitor, nos pregunta a donde nos dirigimos y comenta las características más destacables de cada uno de los parajes que podríamos visitar. El bus hace un recorrido circular por todo el parque y tiene paradas en distintos lugares, de modo que al comprar un pase de día para el bus (30 sek o 3€) puedes coger el bus durante todo el día y visitar más de un lugar. Pero nosotros en un principio queremos empezar por Skrylle, como toma de contacto, y volver a casa para comer.
Intento fijarme en el trayecto, pensando en mi reto con la bici, pero la carretera por la que nos dirigimos no tiene carril bici y pronto nos desviamos para seguir la ruta del bus, que creo da más vuelta.
Al fin aparece la parada de Skrylle, pero cuando hacemos el ademán de bajar, el monitor nos dice que no es la nuestra, que aun queda. Nos quedamos un poco extrañados pero confiamos en su consejo y esperamos. Poco a poco, tras pasar Dalby (un pueblecito en las inmediaciones del parque) nos vamos adentrando en mágicos bosques, salpicados por amplios campos de cultivo.















Hasta que al fin, nos dan las indicaciones para bajar y quedamos en mitad de un frío bosque al que la luz no se atreve a entrar. No es Skrylle, es Trollskogen (troll=criatura fantástica y kogen=madera o bosque), un lugar que nos había recomendado el monitor y en el que no nos habría resultado extraño encontrar un troll.



Al principio es un poco desconcertante, no sabemos por donde ir, pero pronto descubrimos que hay una ruta marcada, si seguimos los árboles pintados de naranja.
Tenemos unas 3 horas para patear, así que nos ponemos en marcha, tímidos y fascinados, caminado a través de los mundos de Tolkien.




















Mira, mira, un hobbit!!! Je,Je!!























Todo está húmedo y vivo a la vez, y aquellos rincones donde la luz consigue ganar la batalla, colman de magia el bosque.

































Los árboles desafían la teoría de la gravedad y del fototropismo y adquieren formas retorcidas con un extraño dinamismo que se opone a su supuesto estado estático. Ciertamente, comienzo a entender el sentido de su nombre, aunque yo los habría relacionado con los Entz antes que con los trolls.



































Pronto empieza la fiebre por las setas, que salen a saludarnos entre grietas de troncos y hojarasca. Me sumerjo en un baño de olores y sensaciones que embriaga todo mi ser, y solo la espera de mis compañeros de excursión, consigue sacarme momentáneamente de ese estado.














Vamos avanzando, yo sigo mi búsqueda de tesoros, siempre fue así, desde que era niña, ir al campo siempre fue ir a buscar tesoros, una piedra, una flor, una seta, una lejana montaña que te llama a gritos…con la edad los tesoros son los mismos, que mayor tesoro que cazar con mi cámara un auténtico ejemplar de vida y poder tenerlo siempre presente. Que mejor tesoro que encontrar una fría piedra y sentir que estaba ahí para que tu la encontraras…
Cuando estudié biología buscaba, simplemente, el mejor entendimiento de lo que me rodea, de todos aquellos tesoros que me gusta encontrar, pensaba que al entender como funcionaban, brillarían aun más. Y lo cierto es que los tesoros brillan igual, pero estudiar biología me ha ayudado a encontrar más tesoros y a ver tesoros donde antes era incapaz de verlos.
Lo cierto es que conforme pasa el tiempo voy comprendiendo que no tengo un espíritu científico, es algo duro de admitir cuando tu trabajo está marcado por las teóricas normas de la ciencia, cuando llevas tanto tiempo y esfuerzo volcado en ella. La cuestión es que el brillo de todas estas cosas ya no lo percibe la ciencia actual, no lo contempla, lo ignora, lo minimiza para no tener obstáculos y por eso no termino de sentirme parte de ella.
Pero en mi opinión, he de decir que los pilares de la ciencia se asientan en gente que amaba estos tesoros, y que supo ver el brillo que estos despiden. Lo que vino después y lo que vendrá, es solo consecuencia de otra de esas partes del alma humana, que se esfuerza por seguir adelante, más y más, y no sabe parar a tiempo.
En fin, paseando por este paraje, desfruté enormemente, me reí viendo a María pararse a coger lombrices a cada instante y me tomé el plátano que mejor me ha sabido en la historia, sentada delante de un laguito rodeada de familias de Suecia que llevan a los niños a coger renacuajos o pececitos o algo por el estilo.













La soledad me cogía la mano en aquellos lugares donde mi niño habría disfrutado enormemente, y yo paseaba con ella, con una leve sonrisa, ya que imaginaba el momento en el que le enseñaría todo esto a él y la soledad tendría que pasear sola, detrás nuestra, torturada por la envidia.

La jornada fue corta, pero intensa, regresamos para comer con la certeza de que volvería, muy pronto.