domingo, 11 de noviembre de 2007

Retomando el camino



















10 de Noviembre de 2007








Es duro retomar esta tarea después de tanto tiempo y de tantas cosas vividas, sumando el cansancio y el remolino de sentimientos que agita mi alma, pero echaba de menos este momento de intimidad, de sinceridad y de aprendizaje, añoraba escribir.
Muchas cosas han pasado y muy pocas al mismo tiempo, desde que os relaté mi última aventura en Copenhague. Lo cierto es que se me hace duro echar la vista atrás e intentar hacer un relato exhaustivo de cada uno de esos pequeños momentos que he podido disfrutar en Suecia. Este último mes ha sido principalmente dedicado al trabajo, de una manera intensa y exclusiva, hasta exprimir los últimos resquicios de mi energía.
Y ahora, entre tanto trabajo, consigo empezar y se hace tremendamente difícil saber que contar y como hacerlo, desearía haber podido grabar mis pensamientos conforme han ido surgiendo, bajando por las tardes al gimnasio, volviendo a casa por la noche, cerrando los ojos en la clase de spinning, pero todas esas sensaciones que se han ido grabando en mi alma como los anillos de los árboles, solo yo puedo recuperarlas y entenderlas y es complejo traducirlo a vocales y consonantes de una forma inteligible.
El otoño se me ha escapado entre los fríos dedos, una mañana de viento borró el color de este cuadro impresionista y dejó desnudos a los árboles durmientes que habían alcanzado la gloria por un instante, desplegando un maravilloso abanico de color, olor y sensaciones.




Es difícil explicar que se siente cuando percibes el hielo pero estás viendo el fuego, es totalmente contradictorio y por ello se convierte en mágico, hechizando los sentidos y los sentimientos. Pero como toda magia, es imposible de retratar mediante una fotografía, lo he intentado desde todos los ángulos y ha todas las horas que he podido, pero ninguna fotografía puede transmitir esa sensación, porque es contraste entre la calidez que entra por tus ojos entre dorados, rojos y naranjas y el frío que sientes en el resto de tu cuerpo. Es la paradoja de que algo tan bello lo sea porque se está preparando para morir unos meses, es el sentido, es la esencia de este mundo en el que vivimos.










De este modo, sublime pero efímero, ha pasado este otoño que esperaba con tanta ansia, mirando triste el espectáculo desde la ventana del laboratorio, lamentando no tener la cámara en la mano y ni un segundo para pulsar el botón en todos los trayectos que hacía en mi querida e inseparable bicicleta, teniendo que volcar mis fuerzas en extraer el máximo jugo a cada instante, sacando la esencia a esta aventura.
Es curioso como se ha ido transformando todo, conforme los árboles han ido apagando su verde, conforme el termómetro ha ido acercándose a cero, conforme este otoño ha ido madurando, recuerdos y anhelos han ido invadiendo mi corazón, desde la rutina más cotidiana a los detalles de vivencias inesperadas, poco a poco han ido ocupando cada vez más y más espacio en mi mente, y a cada instante me he ido sorprendiendo pensando en mi desayuno del fin de semana con mi café con leche de soja y mi mollete con mantequilla, en aquellos sábados que iba con mi madre a comprar algo especial al centro para la cervecita de antes de comer, en las rutas de los domingos del cálido invierno Ilicitano en el que el olor de las paellas de las casas de campo despierta nuestros sentidos y nos hace pedalear más rápido en busca de una humilde paellita con verduras, en mis sufridas subidas a la garganta de Crevillente con mi “flaca”, en las rutas descubiertas en cabo de gata, en nuestras últimas proezas en Pirineos, en ir al super a por cerveza, en mi querida y añorada Alpujarra y toda su gente, en las visitas a Pascual y Mª Sol, en los almuerzas a las 11, en las conversaciones con mi padre al ir a buscar a mi madre, en mil y un detalles de mi vida, muchos de los cuales no pensé que surgirían en estas circunstancias, y sin embargo así es, cuando uno está solo en un lugar muy lejano al de la gente que quiere, cualquier cosa sirve de detonante para que un recuerdo se encuentre el camino de salida hasta la conciencia y se haga perceptible dejando a su paso un amargo dulzor que algunos llaman nostalgia

1 comentario:

Alicia Maathai dijo...

Un fuerte aplauso, por favor!